top of page

Una historia hermosa

Celebrar el octogésimo aniversario de la profesión religiosa de la Madre Celina y la Hermana María Pía De Luca en la fiesta de la Santísima Trinidad no fue una mera coincidencia, sino un signo luminoso del plan de Dios. La Trinidad es el misterio del Amor-Comunión que se entrega sin reservas, y nuestras dos hermanas —una de cien años y la otra de noventa y ocho— se han convertido, en ocho décadas de vida consagrada, en un vivo reflejo de este Amor que nunca se agota.

La celebración eucarística en Albano Laziale fue presidida por el Padre Domenico Soliman, Superior General de la Compañía de San Pablo.

En la primera lectura de esta liturgia, el Señor pasa ante Moisés y proclama su Nombre: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y abundante en amor y fidelidad».

 

Al contemplar a la Madre Celina y a la Hermana María Pía, experimentamos de primera mano esta «riqueza de amor y fidelidad». Ochenta años de votos religiosos no son un logro humano, sino prueba de la fidelidad de Dios, que sostiene nuestra fragilidad y debilidad.

La Madre Celina, en particular, experimentó esta fortaleza desde muy joven: cuando nuestro Fundador, el Beato Padre Santiago Alberione, la eligió como la primera Superiora General de nuestra Congregación. ¡Tenía tan solo 25 años! Cuando se lo comentó al Fundador, él sonrió y le respondió que pronto se recuperaría de su enfermedad.

Era, sin duda, una enorme responsabilidad para una joven llamada a liderar y desarrollar una Congregación que apenas era una recién nacida.

Su vida y su fe nos muestran que, donde la fuerza humana corría el riesgo de flaquear, la confianza en la gracia de ese Dios misericordioso y compasivo bastó para convertirla en Madre, guía y referente seguro para cada uno de nosotros.

La Palabra también enfatizó cómo la Trinidad se revela en el don: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito». La vida consagrada no es otra cosa que la respuesta a este amor: una entrega de uno mismo a Dios y a los hermanos.

La Madre Celina y la Hermana María Pía vivieron ochenta años consagrando sus vidas a la entrega, en consonancia con el carisma que el Padre Alberione transmitió a toda la familia paulina y, en particular, con el carisma específico de nosotras, las Hermanas Pastorelle.

Amaron al mundo, a la Iglesia y a las personas con el mismo corazón que el Buen Pastor, que cuida, que guía con amor y que se entrega día tras día en silencio, oración, acompañamiento personal y servicio pastoral. Cien años de vida para una, noventa y ocho para la otra: dos vidas que proclaman al mundo la alegría de darlo todo por el Evangelio.

San Pablo, en la segunda lectura, nos dirigió una invitación que hoy, en Albano, se ha convertido en una celebración visible: «Hermanos, alégrense, esfuércense por la perfección, anímense unos a otros, tengan un mismo sentir, vivan en paz, y el Dios de amor y de paz estará con ustedes».

Ese afán de perfección nos remitió de inmediato a las palabras con las que la Madre Celina siempre nos animaba en sus conferencias: «¡Siempre adelante y siempre mejor!». No se trataba de una invitación a detenernos ni a mirar atrás con nostalgia, sino más bien de un impulso paulino, capaz de fijar nuestra mirada en el futuro de Dios.

A punto de cumplir cien años, su propia vida nos enseña que este camino nunca termina, que el amor trinitario nos impulsa a no conformarnos jamás, a caminar con alegría hacia el Reino.

Por esto damos gracias: al Padre que creó y protegió a estas dos hermanas nuestras, al Hijo que las llamó a seguirlo, y al Espíritu Santo que ha mantenido su fe fresca, valiente y luminosa durante ocho décadas. Su testimonio sigue siendo para nosotros una brújula y un mandato: continuar caminando, tal como nos enseñó la Madre Celina: «siempre adelante y siempre mejor», custodios del amoroso abrazo de la Trinidad.

Esta profunda comunión se tradujo luego concretamente en la alegría del almuerzo, al que asistieron los sacerdotes paulinos de las comunidades vecinas, las hermanas de la Casa General y las comunidades de la región del Lacio.

El momento más alegre llegó casi al final del almuerzo, cuando las hermanas de Collemaggiore (Rieti) nos invitaron a cantar una «stornellata» preparada especialmente para la ocasión. La letra de los stornelli, compuesta con ingenio y cariño por la Hermana Carla Valente y la Hermana Maria Moretto, realzó con alegría la vida de nuestras dos celebrantes, con especial énfasis en la larga trayectoria de la Madre Celina. Cantar juntas con tanta alegría antes del postre fue la manera más hermosa de «convertirnos en familia».

Dejamos atrás este día de gracia, llevando su testimonio en nuestros corazones como una valiosa guía. La vida de la Madre y la Hermana María Pía nos recuerda que toda nuestra vida como Pastorcita es un don para Dios y nuestros hermanos y hermanas, en el eterno abrazo del Amor de Dios Pastor. Adjuntamos también a este artículo la introducción preparada y leída por la Hermana Cesarina Pisanelli al comienzo de la Celebración Eucarística, así como la encantadora stornellata.

Hna. Piera Cori



Comentarios


bottom of page